AOLL – Capítulo 17 – Barcos dorados

Autor: R. B. García

Tenía el sueño liviano, y me levanté de la cama para ver afuera, estaba hermoso el paisaje nocturno desde la cúspide de la torre.
La tercera luna estaba hasta ahora mostrándose, y el mar agitado se escuchaba en una batalla fiera contra el acantilado, golpeando fuertemente las rocas lizas y enormes que se moldearon por el pasar de los años.
Los rayos se veían como meras luciérnagas a la distancia, y aunque se creyera que se veía una tormenta a lo lejos, la verdad es que donde yo estaba el cielo estaba muy despejado, indicándome que la tormenta solo pasaba en ese lado del mar.
Una brisa fría entra al cuarto, y me pongo a divagar sobre todo lo que dejé atrás. Me entraba una nostalgia el nuevo cambio en mi vida, y de nuevo la melancolía recorre mi sistema nervioso, y me hace cosquillas en el oxipusio, en mi cabello, y mis bellos se erizan, y mi corazón late muy rápido. Esta ansiedad hace temblar mi cuerpo, sentía una fresca fragancia pura de una nueva oportunidad que Dios me había dado.
Tenía tiempo de recordar el rostro de aquel chico, de ojos y cabello negro, era todo lo que me atraía de él; lo alto que era, pero macizo, mantenía con esos ojos abiertos y con esas mejillas sonrojadas.
La primera vez que lo vi en ese pasillo mirando el cielo, y antes que el director lo llamara, era como ver un fuego a punto de extinguirse, a veces se veía somnoliento.
Un alma triste, era como ver un cascaron vacío, sin propósito alguno.
Mirando cómo podría salir libre de ese lugar, atormentado como yo, pero lidiándolo a su manera compleja y serena.
Él nunca me notó cuando pase por ese pasillo, pero cuando entré a la biblioteca con mi cabello tinturado y con esas ropas extrañas, se quedó conmigo, prestándome su compañía en esa mesa, el único que presto atención a mi intento de cambio. Y esa mesa que se situaba en el centro de la biblioteca… si las paredes hablaran, podrían dar testimonio de ese momento tan extraño, entre un chico y una chica, él se mantenía callado y mirándome, sentía su respiración y su nerviosismo como queriendo decir algo pero impedido por alguna mística magia misteriosa.
Creo que lo único que tenemos en común será ese momento entre nosotros, callados y esperando que alguno de los dos hablara en ese momento de tensión.
Las chicas en el instituto no eran tranquilas ni mucho menos inocente, se sabía que todas eran unas alocadas juerguistas y promiscuas. Todos sabían que ninguna era virgen, no importaba en qué grado estuviera, ya eran tomadas por el rey, que en ese momento era Owen. Un chico sin escrúpulos, que abusaba de las mujeres. Azotando al débil de mente y destrozando a los que no están con él. Habían muchas que no querían que su orgullo fuera dominado, y antes de que se rompiera su espiritu se suicidaban pero las que no tenían opción, cedían ante el placer de la violación. Entonces ¿que esperar de esa escuela, donde la mujer solo sirve para eso?, no quería eso para mí, mi madre ya había sucumbido, y las demás chicas de la escuela también. La escuela estaba corrompida por la misoginia, o por la cosificación sexual de la mujer, ese lugar ya no era un lugar para mí, ni para ninguna, pero aquellas que cayeron les era mejor esa vida que la miseria misma de la soledad donde yo estaba.
Sin embargo ante toda esa maldad de la traición y de la corrupción, en la última escala oscura que sostienen el trono de ese rey maldito como lo era Owen. Un hombre de entre todos surgió para verme, no como un objeto sexual, ni como una cualquiera, como se suponía debían ser en esa escuela las chicas, si no como una luz para él, lo supe tarde, ¿Qué clase de escuela es esta? Dónde se impregna de tentaciones y torturas, donde no hay lugar para el sensato de corazón.
Él, si surge ante la maldad para mostrarme que hay esperanza, a un costo demasiado tarde, si aún su corazón quiere seguirme, le esperara con los brazos abiertos sin prejuicios ni doble moral.
No escuche su nombre, pero si su apellido
—Boldorg.
Sintiendo ira por la escuela y emocionada por el chico esperé que llegaran por mí.
* * *
Era ya mitad de madrugada, yo dormía con una molestia en mi cuerpo.
Cuando la puerta se escuchó, abrí y era Temis diciéndome que los barcos dorados habían llegado por mí, pero le dije a Temis que no me sentía bien y
que por ahora necesitaba descansar, pero hombres corpulentos y enormes me colocaron en una cama y me llevaron hasta el barco, evitándome la fatiga de caminar.
Por lo que pude escuchar de Yvo fue esto:
— Ella está teniendo problemas para acostumbrarse a nuestro mundo, el agua que envió Lvca fue destilada con agua de manantial, no durara mucho, si queremos que ella permanezca en este mundo y no decaiga tenemos que utilizar un método muy poco ortodoxo, es una ceremonia muy antigua, registrada en los primero libros de aceptación de los dioses, tenemos que ahogarla en agua de manantial y agua del lago que el viejo Lvca envió, tenemos suficiente para que perdure en su cuerpo para siempre.
Yo estaba impactada por lo que decía pero no tenía fuerza para oponerme, así que el hombre de armadura dorada y de aspecto rubio, mando a traer una tina de oro y ponerla en la cubierta del barco, llenarla de ambas aguas y sumergirme en ella.
Todo esto se hizo y el viejo advirtió que tenía que hacerse en determinado tiempo, después sacarme y no intervenir tratando de revivirme.
El barco zarpó a las alturas y todos miraban desde la cúspide, mientras me cargaba un soldado como si de una muerta se tratase, me sumergió en la tina y esperó. Yo expiraba mi último aliento y veía como las burbujas subían, no soporté el ahogamiento y trate de salir pero el soldado que me había puesto en esa tina no me lo permitió, y mientras yo me inundaba de dolor por no respirar sentía como toda esa agua entraba por mi cuerpo y acuchillaba mi interior, como si mil agujas entraran por todos lados para atravesarme, y fue así como respiraba el agua, y me ahogaba.
Algo sorprendente pasó, la tina poco a poco empezaba bajar de nivel, el hombre de armadura dorada, miraba a su superior y dijo:
— Señor ella ha muerto, ya no siento nada de ella.
— Sácala de ahí y ponla sobre el altar.
El hombre me pone sobre el altar muy con cuidadosamente, y espera a que yo reviva.
Yo me encontraba en un lugar oscuro y llenada formas que en un parpadeo cambia a una luz blanca donde las formas pasan a ser esferas de diferentes tamaños, y una voz me susurra.
— Vuelve.
Y entonces yo me levanto de un soplido, mis ojos entre abiertos atestiguan la luz del amanecer y los cielos destellaban rosados y dorados por la tonalidad del sol.
Sentía el calor del sol entrar en mi cuerpo y como todo se sentía nuevo para mí.
— Oh mi diosa, perdóneme por tratarla de esta manera, pero solo quería que su majestad se sintiera a gusto en nuestro mundo, por favor perdone a su servidor, aun así veo que ha funcionado el ritual de los dioses.
— Dime tu nombre.
— Mi nombre es Ar Dumis, soy Torner de esta nave.
— Mírame soldado.
— Si su divinidad Alizes.
— ¿Cómo me veo?
— Su belleza es como lo habían descrito, de un hermoso cabello azul, y hermosos ojos.
— No me refería a mi belleza, es más bien a mí, es que me siento extraña; como renovada, fuerte, segura, nunca antes me había sentido así. Es como si emanara una radiante energía de autodominio, ya no me siento enojada, ni triste.
— Me alegro escucharla diosa Alizes.
El barco dorada resplandecía por el reflejo del sol en los cielos, me acerque a la proa y mire el cielo. Y pregunté al torne que me acompañaba.
— Cuanto tiempo estuve inconsciente.
— Tres Icsex.
— ¿Cuánto es eso?— Pregunté.
—son tres Helios mi diosa, desde el momento que la cargamos al barco han pasado 3 helios y dos calipsos— Me respondió un hombre más atractivo que el torner Ar, me saludo con gran confianza y se inclinó ante mí.
Tres Helios, son tres días contando este… he estado dormida por tres días, y para mí solo fue un segundo en ese sueño.
— Mi nombre es Goud Gold, le llevare a Conocer al Imperato actual Oromus Aur, gobierna toda las familias doradas en la ciudad de Oru capital del país Spotglow es el país más poderoso de los dos continentes, mi diosa la hemos esperado por ecos a que llegara, ahora este mundo se regirá sobre un solo gobierno, el suyo.
Y me mira con esa determinación, y yo le respondo.
— Mi amado no ha llegado aún, así que es mejor que se regocijen todo lo que puedan.
— ¿Su amado?
Yo me retiro y pregunto si tenían prendas para vestir, porque no quería conseguir un resfriado con estas ropas mojadas, empezare a gobernar como debes ser.

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